¿Por qué hay personas que no creen en la felicidad?

Hace unas semanas y a propósito de uno de mis talleres, una periodista reconocida en Colombia me preguntó “¿Cómo es esto de la felicidad si al fin y al cabo es algo tan subjetivo?”. Luego, en una empresa de Cali, una persona expresó su duda ante la posibilidad de hablar de felicidad en las empresas porque “esa palabra es como una utopía y ahora la usan mal”.

Para esas preguntas y opiniones hay una respuesta:

La auténtica felicidad es más profunda y realista. Y digo realista porque, más que ser un ideal casi fantasioso, es ante todo una decisión diaria que tiene que ver con aprender a fluir con la vida sea como sea.

Por ejemplo: a veces nos sentimos vulnerables a enfermedades, accidentes o rupturas de relaciones. También tenemos en nuestro interior el forcejeo entre el ego y los miedos que nos sabotean las decisiones. Incluso, aun conociendo el impredecible futuro, pretendemos controlarlo todo para que la vida resulte según lo planeado. Para muchos, ser feliz es conseguir las metas propuestas o encajar en el pensamiento cultural del momento. Y cuando eso no ocurre y se aferran a un resultado no recibido, surgen posturas como “la felicidad no es completa o es una utopía”.

Otros la ven como un momento puntual: estaré feliz cuando sea flaca, me gradúe, consiga mi alma gemela o me gane el baloto. Y cuando esto pasa -si es que sucede-, rápidamente se acostumbran a ello y vuelven al estado de infelicidad, insatisfacción o ansiedad anterior. Porque las razones son más profundas.

A algunos les cuesta desprenderse de sus hábitos de pensamientos y creencias, de las experiencias difíciles que han tenido, y en lugar de cuestionarlas y resignificarlas, las toman como verdad absoluta ubicándose en una posición desempoderada.

¿Qué es la felicidad entonces? Es Ser y hacer como me encanta y apasiona. Es también saber responder la pregunta: para qué nací. Es sentir trascendencia desde el servicio, porque cuando se es consciente del valor que agregamos a otros seres y lugares que tenemos cerca, sentimos conexión, cercanía y calidez. Así es que se puede sentir felicidad profunda. Si se entiende la importancia de disfrutar y agradecer cada momento como un regalo que no volverá. Si aceptamos que somos humanos, vulnerables, y nos damos el permiso de vivir todas las emociones. Si somos capaces de aprender de cada situación con resiliencia. Si a voluntad somos capaces de ser compasivos con nosotros mismos y con los otros.  Entonces el vivir adquiere otro sentido.  Por eso, ser y estar feliz es una decisión que se practica y se cultiva a diario.

¿Qué quisieras sentir en los últimos días de tu vida cuando mires hacia atrás?

Dana Benarroch V.

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